sábado, 3 de abril de 2010

A continuación publicamos contenidos mínimos, lecturas y algunos de los trabajos de los asistentes al seminario Creativo sobre Literatura Fantástica Argentina, llevado a cabo en enero y febrero del 2010 dentro del Taller Literario de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Paraná.

La mayoría de los cuentos que trabajamos en cada encuentro tienen vínculos on-line para poder leerlos.

Prof. Fernando A. Kosiak


1er encuentro

Presentación del género

El género fantástico sólo se da en la narrativa.

Se trata de una manera de presentar los hechos. Es un choque entre lo posible y lo imposible, lo real y lo imaginario. Lo que está fuera de lugar.

Lo imposible lo es porque no responde a una causa lógica o científica.

La contradicción genera un signo vacío.

En el género fantástico lo in, es.

La voz del narrador refuerza la incertidumbre.

Espacio: suma una dimensión.

Tiempo: se detiene en un presente eterno.

Adolfo Bioy Casares:

China como precursora en el género. En Occidente se define el género en el siglo XIX. Precursores: Don Juan Manuel, Rabelais, Quevedo, Hoffman.

No hay un tipo de leyes para este género. Hay muchas.

Elementos:

1- Ambiente o atmósfera: Inicio (siglo XIX): propicio al miedo, lluvia, leit motiv. Realismo (siglo XX): Algo increíble en un contexto doméstico. Se pierde también.

2- Sorpresa: de puntuación, verbal o de argumento. El tiempo le juega en contra. Pocas veces un autor no la aprovecha. Atenuada o repentina. No abusar, limitar.

3- Argumentos: fantasmas, viajes en el tiempo, los tres deseos, el infierno, el personaje soñado, la metamorfosis, la inmortalidad, los vampiros y sus castillos.

Clasificación por explicación:

1- Se explican por la agencia de un ser o un hecho sobrenatural.

2- Tienen una explicación fantástica pero no sobrenatural (científicos).

3- Se explican con lo sobrenatural pero insinúan una explicación natural (alucinación, sueño, etc.). Por lo general es una escapatoria para el autor que no ha sabido mantener la verosimilitud de lo fantástico.

Trabajos:

Amandina en el laberinto

Graciela Chisty

Tal vez nada hubiera sucedido si en medio de una complicada campaña política el Ministro de Salud no hubiera visitado el hospital zonal. Y si no hubiera resbalado en vaya a saber qué ignota inmundicia y dado en el suelo con su bien trajeada humanidad.

El hospital zonal no sólo era vetusto; era también una acumulación de deterioros, corrientes de aire y mugre.

La caída no sólo movió de lugar la clavícula derecha del Ministro sino que activó en su cabeza una inesperada sinapsis. “He aquí una obra necesaria —se dijo— y el momento propicio para proyectarla: Demoler el viejo hospital y levantar allí mismo un edificio de grandes proporciones, cómo no, y funcional, si fuera posible. ¡A llamar a licitación, entonces!”

Ganó la licitación un arquitecto recién recibido y, naturalmente, desconocido aún: José Dédalo Rodríguez.

— ¡Qué nombre para un arquitecto! —comentó la mujer del Ministro.

Lo mismo dijeron un diputado y el director del hospital. Hubo sonrisas y cabeceos de arriba a abajo de los que entendían y también de los que no entendían nada.

Y la obra comenzó.

Es decir, comenzó luego de sortear una dificultad no pequeña. He aquí que el edificio del hospital zonal —según declaraban algunas placas colocadas aquí y allá, apenas visibles en las descascaradas paredes—, amén de viejo y venido a menos, era intocable: había sido declarado patrimonio histórico de la provincia veinte años antes. En resumidas cuentas, y para no renunciar al proyecto, se decidió restaurar el edificio viejo y construir el nuevo, de cinco pisos en forma de herradura que lo contendría y protegería. Ambos edificios estarían convenientemente relacionados.

Se terminó la obra, se inauguró con bombos y platillos, ceremonias varias, discursos y cortes de cintas.

El arquitecto había hecho honor a su nombre. Si hubo alguna vez un engendro diabólico fue ése: un enredo de encrucijadas, rampas, escaleras, salas y vestíbulos, amén de ascensores, un verdadero laberinto en el que se desorientaban y se perdían médicos, pacientes, enfermeros, personal de limpieza, oficinistas y directivos sin distinción de jerarquías.

Así, en medio de corridas e improperios, el hospital comenzó a funcionar en tres turnos.


Amandina Spiller esperaba todo de la vida y en lo posible, se mantenía lejos de la muerte. Bien dotada, rubia casi translúcida y con un no sé que de misterio fundado en su parquedad de palabra, su amabilidad sin sonrisas y en su escasa vida social, cursaba el último año de enfermería y hacía sus prácticas en el turno de la noche. Iba y venía, diligente, por los pasmosos corredores que a veces trocaban en salas o antesalas y otras en estrechos pasadizos más o menos sombríos. No sentía miedo. Asombro tampoco. O sí, asombro tal vez. Por eso, cuando una enorme mariposa nocturna le rozó el pelo y voló hacia el final del pasillo más cercano, distraída y fascinada por aquel vuelo inusual, Amandina cambió de rumbo y de pronto ya no supo dónde estaba. Engañosos recodos la fueron llevando de un pasillo a otro, de un pasadizo a otro y finalmente hasta la puerta abierta de un ascensor vacío. ¿Qué hacer? Entró. La puerta se cerró automáticamente y en silencio ascendió hasta el quinto piso.

En el quinto piso, lugar apenas conocido por alguno que otro miembro del personal, se encontraban las oficinas de las autoridades. Era, tal vez, el único espacio convencional del edificio. Un ancho corredor alternaba luces y sombras. Toda de vidrio templado, la pared que daba hacia el centro de la estructura. Enfrente, la sucesión de oficinas de las autoridades. En cada puerta, una plaquita de bronce indicaba de quién era el reducto. “Director General”, leyó, “Dirección de Informática”, “Jefe de Personal”.

Por debajo de una puerta se filtraba, nítida, una raya de luz. “Gerente General”, anunciaba la plaquita. Más abajo, un prolijo cartelito indicaba “Golpee y pase”. Amandina golpeó y tentó el pomo de la puerta: estaba sin llave. La abrió y entró.

Como quien hace un alto en una tarea ya harto pesada, de espaldas, el gerente apoyaba sus antebrazos en el alféizar de la ventana abierta. Allá abajo se extendían el oscuro campo y las primeras luces de la ciudad.

Anchas y vigorosas espaldas, las del gerente. Prolija y elegante, su camisa blanca.

Giró el hombre y quedó frente a Amandina. A la luz difusa de la lámpara del escritorio su figura se reveló incongruente, pero con la armonía que existe entre objetos disímiles que han permanecido largo tiempo juntos.

—Sabrás que me gustan tiernas —dijo él y su voz resonó como el eco de una caverna.

—Hummm... –asintió ella. Irguió la cabeza y avanzó, sensual y sinuosa.

—Gusto de complicar las cosas —murmuró él con un bufido ronco. Tarde había caído en la cuenta: precisos, dos pares de colmillos acababan de atravesar la piel de su robusto cuello bovino.

2do encuentro

El cuerpo como elemento fantástico

La metamorfosis

Cortázar- Circe; Carta a una señorita en París; Lejana.

Descargar Bestiario: http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/2690631/Bestiario--Julio-Cortazar.html

Ánderson Imbert- El sofá.

http://nttm.com.ar/post/84055184/el-sofa-enrique-anderson-imbert

Murena- El gato.

http://letrasgraficas.wordpress.com/2008/10/05/cuento-de-la-semana-el-gato-hector-murena/

Trabajos:

Los viernes de luna llena…

Francisco Vanrell

Abrió el diario del domingo, y empezó, como siempre, por la sección de deportes. HACE TRES FECHAS QUE BOCA NO GANA –rezaba el titular– EL TÉCNICO EN LA CUERDA FLOJA. Terminado el apartado deportivo, agarró el cuerpo principal y empezó a pasar hoja por hoja, deteniéndose a leer los títulos y copetes, y si encontraba algo interesante, la nota completa.

Ya casi terminando se topó con un artículo terrible, en la sección de ecología: DESMONTES ILEGALES. Aunque recientemente salió una ley regulatoria –agregaba el copete–, los montes siguen siendo talados indiscriminadamente. El Estado como siempre, se encuentra ausente. Decía la nota:

A pesar de la ley 34.783/08 sancionada hace poco menos de tres meses, enviados especiales de esta hoja pudieron constatar que en el norte provincial ha aumentado la superficie de montes nativos arrasados por las topadoras de las empresas madereras de la zona. El intendente del lugar ya se comunicó con el Gobernador pidiendo que se forme una comisión que investigue el avance ilegal de estas empresas sobre terrenos prohibidos. La superficie desmontada sería superior a las cuatrocientas hectáreas. Desde el Foro Ecologista Provincial, su presidente Amadeo Aguirre expresó su descontento con la inoperancia del aparato estatal para imponer las normas regulatorias por las que tanto habían luchado desde la ONG que preside junto a otras organizaciones ambientalistas y vecinos de las localidades más afectadas por la industria de la madera.

T… terminó de leer la noticia, dejó el diario sobre la mesa y marcó un número en su celular. Desde el otro lado del aparato habló una voz ronca y potente:

¿Qué sucede, muchacho?

Miré, acabo de hojear el diario… y vea… hay un artículo… no sé cómo decirle…

¿Te has metido en algún problema? Sabes que tienes que ser discreto.

No, no, no. Yo no tengo ningún problema, bah… no yo particularmente, es decir, también es un problema para los demás de la banda.

¿Qué clase de problema? Cálmate, estás gritando…

Serio, jefe, serio, es un asunto muy serio.

Bueno, esto haremos. Llama a los otros muchachos, diles que yo convoco a una reunión de urgencia para esta tarde en la sede. Trata de mantener la calma y no alterarlos.

T… apretó el botoncito rojo y marcó otro número. Esta vez atendió un hombre de voz aflautada, chillón y apurado al hablar:

Enri… el jefe convoca a una reunión para esta tarde –comenzó T…

¿Co cómo, por qué convoca… a qué se debe, qué pasa, compañero?

Lo dirá allá, eh… no debe ser nada grave. Seguro que no, no. Debe necesitar algún trabajito. Rutina, rutina. Bien, nos vemos en la sede, Enri… ¡ah! si podés avisale al gordo.

Cortó. Llamó a cuatro más, a todos les dijo más o menos lo mismo. A algunos les pidió que se comunicaran con los otros. Cumplió con el jefe: “trata de mantener la calma…” –le había dicho. Estaba intranquilo, pero era mejor no alarmar a los muchachos.

Esa tarde estaban once compañeros en la sede, y el jefe, por supuesto. Los muchachos se miraban cómo preguntándose qué pasaba. Nadie sabía nada. Lo miraban a T… pero éste seguía manteniendo la compostura, su cara no revelaba ninguna señal. “Un trabajito, nomás, seguro” –resonaban sus palabras en las mentes de los compañeros.

El jefe se levantó, ancho, majestuoso. Levantó una mano en señal de silencio. Los cuchicheos cesaron y todos miraban con los ojos bien abiertos. T… a un costado enrollaba y desenrollaba un diario, el diario.

¡Muchachos! –rugió. ¡Hace mucho tiempo que somos perseguidos, que nos quieren mantener marginados! ¿Quién de ustedes no ha sido nunca discriminado? Como si fuera nuestra culpa –Bajó un poco la voz para decir esto. Ya no podemos seguir en silencio y ver cómo maltratan a nuestros compañeros. T… ha dado con una noticia que nos incumbe, a nosotros y a nuestros hermanos.

¿Qué es jefe, qué dice la nota? –preguntó el gordo.

Léela, compañero, léela para que se enteren.

T… acomodó un poco el periódico, lo alisó contra la pierna y recitó lo que había leído esa misma mañana. Un murmullo general se levantó cuando hubo terminado. Los muchachos comentaban unos con otros. El jefe levantó la mano y comenzó:

¿Qué opinan muchachos, debemos hacer algo?

¡Sííííííííí! –bramaron.

A por ellos entonces. El viernes, entonces, nos encontramos aquí mismo, en la sede. Sean cautos, que no los vean antes de llegar aquí.

*****

El domingo siguiente T… abrió el diario. La sección de deportes: BOCA SE QUEDÓ SIN TÉCNICO. LO REEMPLAZA TERAS, EL ACTUAL ENTRENADOR DE INFERIORES. Terminó de leer y tomó el cuerpo principal. En la tapa había una foto y sobreimpreso un gran titular: TERRIBLE ESCENARIO: EL GOBERNADOR Y DIEZ LEGISLADORES SALVAJEMENTE ATACADOS.

La nota de tapa continuaba en la página 5. El copete adelantaba la información:

Testigos aseguran haber visto una horda de lobizones merodeando los domicilios particulares de los políticos agredidos. La policía se encuentra actualmente trabajando en la localización de los sospechosos.

T… marcó un número:

¡Jefe, ha sido un éxito!

Ya lo creo muchacho, ya lo creo. Espero que no debamos tomar nuevas medidas.

Extremidades

Pamela César

Me había decidido a retomar los apuntes de aquella materia que tantas dificultades me generaba, y sincerándome conmigo mismo había llegado a la conclusión de que siempre inventaba una excusa para no estudiar. Si no llovía y se cortaba la luz, cosa que era perjudicial para la retina ya que debía exigirle un gran esfuerzo para ver a la luz de la vela; hacía muchísimo calor y era inhumano someterse a los libros en ese estado de sofocamiento antes de estar refrescándose en las aguas tibias del río, comiendo tortas fritas o helado de chocolate con dulce de leche. Pero ese día estaba decidido a dejar de lado las excusas, porque este tema ya me fastidiaba considerablemente. Como era mi costumbre, compré facturas para acompañar con el mate y ya estaba todo listo para empezar con las lecturas. Fijé la vista en aquellas letras diminutas de los textos cuando, por un momento, percibí el atrevimiento de una mosca posada justo encima de mi factura preferida. La mirada ahora estaba fija en el insecto que no parecía tener ni la menor intención de abandonar el lugar. Fue así que, muy lentamente, tomé entre mis manos el primer objeto que tenia al alcance y sin tener demasiadas expectativas de lograr aplastarlo, ya que siempre erraba cuando quería matar alguno, hundí la yerbera en la torta reventando al desgraciado insecto.

Felizmente satisfecho de aquel triunfo procedí con la lectura. Una y otra vez leía el mismo párrafo, la atención no estaba allí y no podía concentrarme. Y como si fuera poco una constante picazón en el pie izquierdo me ayudaba a suscitar aun más la desconcentración. Sentía un leve ardor producto de la herida que me había producido con las uñas al rascar la carne violentamente, y ya notaba una leve infección generada por la falta de higiene que me caracterizaba, cuando comencé a sentir que el pie se me estaba hinchando. Fue entonces que decidí ir a la cocina en busca de hielo, pero tratar levantarme de la silla me fue imposible. Una inercia se apoderó de mi pie, luego de la pierna y así de todo el cuerpo. Me quedé sin saber qué hacer, no entendía qué me estaba pasando, ya no era sólo el pie el que me impedía movilizarme, el cuerpo entero estaba sometido en un estado que no podría describir ni con los mejores adjetivos, pero eso no era todo, sentía que me asfixiaba. Fueron segundos eternos y por fin logré ver movimiento en los dedos de los pies hasta que, poco a poco, fui partícipe del espectáculo de ver resucitar todas las partes de mi cuerpo. Una agitación violenta se apoderó de mí y un escalofrío me recorría de pies a cabeza. Antes de intentar pararme de nuevo, fijé la vista en el pie y la hinchazón había desaparecido, pero ahora comenzaba a ver un extraño color en el lugar de la picadura, como una mancha que se expandía como una gangrena. En pocos minutos el pie había tomado un color negruzco y los dedos comenzaban a desaparecer. No podía creer lo que estaba viendo, mis dedos estaban desapareciendo y sin atinar siquiera a un grito de ayuda, caí desmayado sobre el piso de mi habitación.

Un zumbido en el oído como de mosca despertó mis sentidos y supe que estaba vivo, miré a mi alrededor y efectivamente estaba en mi habitación, pero rodeado de moscas de enorme tamaño ¡de mi mismo tamaño! de todos los colores, negras, verdes, muy verdes, y todas rodeándome como si fuera un delincuente atrapado por la policía. Nuevamente me sentía incapaz de mover un solo dedo, pero ¿los tenía? Me miré las manos y luego los pies, y comprendí que era una presa más del enojo de la naturaleza y que no podría escapar jamás.

Metamorfosis de acción

Román M. Scattini

Ella estaba hecha, es decir, tenía forma, era un ser. Pero se transformaría por sus acciones. Comenzó con la escritura. Consigna: metamorfosis, verbos, sustantivos, sin adjetivos. Desafío.

-“Esperá”- se dijo a sí misma. -“Esperá, leé, hacé otra cosa, y después volvé y escribí”-.

Así, estuvo leyendo, reviendo, decidiendo, recordando, renombrando, fumando.

-“Retomo”-, murmuró en voz alta. Consigna: metamorfosis, verbos, sustantivos, sin adjetivos. Desafío. Así revisó, rotuló, catalogó, pensó, descansó, hizo el mate. Y volvió a pensar.

Ella estaba hecha, es decir, tenía forma, aunque se entreveraba por tantas acciones. Continuó con la escritura.

“No sirve” – “Esta narración está sujeta a que la lea yo”, pensó. “Es un rejunte de verbos y sustantivos, un trabalenguas”. Reiteró. Consigna: metamorfosis. Desafío. Verbos y sustantivos, sin adjetivos. Se acercó a la ventana. Pero regresó al escritorio.

“Che, sirve, pará un poco” se dijo. En realidad, estaba hecha, tenía forma, pero presentía que se confundía por las acciones. “Basta, decido darle un final, para que otros puedan leerlo”.

Ella tenía forma, era un ser, pero se desvaneció para siempre entre sus acciones. Aquellos que la recuerdan piden leer el escrito que ella dejó al esfumarse, pero no desentrañan en las palabras su desafío de verbos y sustantivos sin adjetivos, su destino de metamorfosis en su misma escritura.

3er encuentro

Lo otro como fantástico

“(…) la relación con el otro no se constituye en una sola dimensión (…) hay que distinguir por lo menos tres ejes, en el que se puede situar la problemática de la alteridad. Primero hay un juicio de valor (un plano axiológico) (…). En segundo lugar, está la acción de acercamiento o de alejamiento en relación con el otro (un plano praxeológico) (…). En tercer lugar, conozco o ignoro la identidad del otro (éste sería un plano epistémico); evidentemente no hay aquí ningún absoluto, sino una gradación infinita entre los estados de conocimiento menos o más elevados.”

Todorov, Tzvetan. La conquista de América. El problema del otro.

Del Barco Centenera- La Argentina

http://es.wikisource.org/wiki/La_Argentina_%28Barco_Centenera%29

Saer- El entenado

Borges- El simulacro

http://www.elinterpretador.net/28JorgeLuisBorges-ElSimulacro.html

Pizarnik- Devoción

http://naditaluz.spaces.live.com/blog/cns!92C8E03BD461E735!1308.entry?sa=254042176

Cortázar- Casa tomada

Descargar Bestiario: http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/2690631/Bestiario--Julio-Cortazar.html

Trabajos:

Insomnio

Francisco Vanrell

1

Fue hace una semana. Sí, hace una semana que escuché por primera vez ruidos extraños en la habitación de los libros. Era de noche, tarde, yo estaba acostado leyendo –Abbadón, el exterminador, de Sábato– cuando al otro lado de la pared se escucharon unos cuchicheos, susurros que no hubieran podido percibirse de no ser por la paz nocturna propia de un hombre solitario. Los rumores siguieron por diez minutos, intermitentes, como si fueran parte de una conversación. Pasado ese tiempo se extinguieron, yo continué con la lectura y me olvidé de lo que había oído del otro lado. Estaba por terminar una página y… ¡bruummm!, un estruendo terrible inundó la habitación. “¿Se habrán caído los libros?”, pensé. La pieza donde guardo los infinitos volúmenes que una persona puede juntar en una vida dedicada a las letras es una gran sala cubierta por repisas en las cuatro paredes. En el centro de la habitación hay un viejo escritorio que perteneció a mi abuelo, en el que ahora reposan los borradores de mis historias. Una única fuente provee de luz: una lámpara “Art Decó, americana, muy buena”, me había dicho el hombre de la casa de empeño. Una pared no muy gruesa separa la biblioteca de mi habitación y se comunica con el resto de la casa por una puerta que da a la cocina. Acostumbro dejarla cerrada para evitar que se acumule demasiada suciedad, sin embargo, el polvo siempre se las ingenia para apropiarse de los rincones.

Cuando escuché el fuerte golpe al otro lado de la pared me invadió un temor infantil. ¿Qué podría haber causado semejante ruido en una habitación que, bien vista, tenía la forma de una caja fuerte inmensa? “La puerta no se abrió, sino hubiera sentido el chirriar de las bisagras desengrasadas”, me dije. Cualquiera podría pensar que es muy cobarde lo que hice, pero no me animé a salir del dormitorio. Puede ser que la soledad, la oscuridad y la insinuación de seres infernales que había estado leyendo me provocaran el terror, no sé, pero preferí quedarme en mi cuarto y al otro día vería qué había sucedido al lado.

Ya no iba a seguir con el libro, así que marqué la página, lo dejé a un lado, en la mesa de luz, y encendí la radio –de esa manera me sentiría un poco más acompañado. Creo que me quedé dormido en seguida, aunque pasé la noche soñando terribles escenarios para el cuarto de los libros: monstruos espantosos que devoraban mi literatura sin empacho; piras fúnebres encendidas aquí y allá con los volúmenes; convertido en una pequeña rata devoraba las esquinas de las hojas… pero la imagen más absurda fue a su vez la que más terror me produjo: después de levantarme y desayunar, decidía entrar en la sala de los libros y al momento de abrir la puerta me encontraba con que la habitación no existía más y había sido reemplazada por el vacío. Al dar el primer paso, y no encontrar el suelo, había quedado colgando de la puerta, apenas agarrado con una mano al picaporte. El ardor en la axila era insoportable, todo el peso de mi cuerpo pendía de ese brazo. Los dedos iban perdiendo sensibilidad a medida que el metal se clavaba más y más en la carne. No había forma de impulsarme y llegar al suelo de la cocina, no tenía la fuerza necesaria. Me resignaba y me dejaba caer. Caía, caía, infinitamente, agitando los brazos, aunque en silencio, como si secretamente hubiera sabido que gritar era completamente inútil… ahí me desperté.

2

Había pensado en visitar la sala de los libros por la mañana, pero no lo hice. Quizás el miedo, tal vez una precaución inconsciente, me mantuvieron alejado. Me encerré en mi habitación –tenía trabajo atrasado– saliendo nada más que para buscar algo de comer. No podía pasar mucho tiempo en la cocina, la presencia de la puerta me espantaba, al verla retornaban las imágenes aterradoras de los sueños. En el dormitorio me sentía más seguro, era como un refugio infranqueable.

Había tomado otras medidas: la cama, antes junto a la pared fronteriza, ahora descansaba en el costado opuesto y en su lugar –no sin esfuerzo– había colocado el ropero. Cuando iba hasta la cocina procuraba hacerlo en punta de pies, como queriendo no molestar, y una vez dentro del dormitorio ponía llave a la cerradura. “Tendría que comprar un par de trabas también”, pensé. “Podría ir mañana”. Fueron dos los días que pasé recluido. No había ido a comprar las trabas tampoco, la paranoia no me dejó abandonar la casa. Pero la segunda noche se me presentó la excusa perfecta para vencer el temor y meterme en la pieza de al lado: había terminado el libro de Sábato y si quería otro iba a tener que dejar de lado toda cobardía.

Me paré enfrente de la puerta, estiré el brazo izquierdo un poco hasta dar con el interruptor de luz. Estaba agitado, jadeaba como un perro acalorado y sentía llenarse de sangre las venas. Alcé la mano y me persigné –no sé por qué, no soy creyente. Toqué el picaporte y un flash me recordó la imagen de la pesadilla de hacía dos días. Aparté la palma instintivamente, como si la hubiera apoyado sobre algo caliente. Me sequé el sudor de las manos con el pantalón y esta vez tomé con el metal inusitada determinación, giré despacio, con suavidad, hasta escuchar el click que indicaba que se había abierto. Empujé la puerta un poco y el resplandor de la cocina ingresó en la habitación, formando un trapezoide en el suelo. El olor a humedad atrapado en los libros me invadió por completo, por un segundo me sentí reconfortado –no me explico qué es lo que hace que algunos olores nos parezcan más placenteros que otros– y fui acercándome con cautela al escritorio. Revolví entre los papeles hasta dar con el interruptor de la lámpara. La penumbra dejó paso a una luz ambarina, gastada. Levanté la vista y allí estaba la pared contraria al dormitorio, consumida por la humedad y la suciedad de tantos años tapada por los libros. En la raída pintura celeste, que aunque horrible nunca había cambiado, se podía ver todavía la marca dejada por las estanterías. Allí, dónde hasta hacía tan poco habían descansado mis colecciones de literatura inglesa, las enciclopedias e incluso la vieja biblia del abuelo (a la que le tenía particular cariño, a pesar de mi escepticismo). Todo había desaparecido. Las otras paredes estaban intactas, igual que los papeles abandonados sobre el escritorio, salvo algunos que ahora cubrían el piso, impulsados al aferrarme al escritorio.

De pronto creí que la habitación se enfriaba y sentí una brisa en mi cara. Se apagó la luz del velador. Salí corriendo de allí, medio trastabillando por la oscuridad (era una suerte que hubiera permanecido encendida la luz de la cocina) y cerrando la puerta a mi espalda. Me apresuré a trancar el dormitorio y me derrumbé en la cama. Cuando estuve más calmado me di cuenta que en la mano aún sostenía el libro de Sábato.

3

Sollozaba como un chico, ovillado en la cama. La desaparición era más insoportable que la violencia contra los libros. Azoté el Abaddón contra el muro divisorio. La rudeza del golpe hizo que al caer en el suelo se abriera un poco, en un lugar marcado por haber forzado el libro durante la lectura.

No sé cuanto tardé en conciliar el sueño. Desperté cerca del mediodía, el calor era una máscara de sudor y la ropa se confundía con la piel. Había pasado la noche completamente vestido, incluso había olvidado quitarme los zapatos. Decidí ducharme. No había sido una noche apacible: la habitación parecía cobrar vida y el murmullo del primer día se había convertido en griterías y carcajadas. Creí haber escuchado un rítmico golpetear en el suelo, como si alguien hubiera estado ejecutando una danza ritual. Los pasos eran acompasados, estrepitosos, precisos. El griterío aparentaba acompañar la danza con vítores y palmas, aumentando el éxtasis de los concurrentes.

El sueño ligero ya estaba causando efectos en mi cuerpo: los ojos rojos y los párpados pesados eran la marca visible de mi estado de insomnio. Me metí en el baño, abrí el grifo de agua fría –tal vez lograra despertarme un poco– y sin darme cuenta de lo que hacía comencé a murmurar una melodía desconocida. Nunca había tenido fuertes inclinaciones musicales, alguna vez había intentado aprender piano, pero no tenía la paciencia necesaria para tocar un instrumento. Me enfurecía hacer los ejercicios de principiante. Al final, terminé desechando las clases.

Me vestí con ropa limpia y decidí trabajar, me sentía reconfortado, el ardor en los ojos se había calmado y logré concentrarme por unas cuantas horas. En un momento miré a un costado, pero miré de esa forma en que no vemos lo que está ante nuestros ojos sino que tenemos la vista perdida en nuestro pensamiento. Sin embargo, algo se interpuso en mi razonamiento: allí estaba el libro, lo miré fijo, comprendí que el libro quería decirme algo, no podía dejar de mirarlo, estaba fascinado. Me levanté y lo tomé –así como estaba– y leí la página que el azar había abierto la noche anterior. No sé si fue una palabra, o una frase o quizás la página entera, tal vez no tuviera nada que ver pero en ese momento recordé la melodía que había murmurado en la ducha. Era la misma que había oído de noche, era la melodía del ritual que habían celebrado en la biblioteca. El descubrimiento me aterró. Solté el libro y corrí fuera del dormitorio.

Me paré enfrente de la puerta, abrí con violencia y di un paso tomado del picaporte. Me quedé petrificado. Al otro lado de la habitación, la estantería. Vacía. Lo que habían sido mis volúmenes eran ahora una espesa capa de papel picado que tapaba parte del suelo. El cuarto parecía el escenario de un carnaval decadente. El resplandor que venía desde la cocina dibujaba la sombra del escritorio en un sector del montículo de retazos. Sentí crecer el odio. La violencia de ver el ataque a mis más queridas posesiones fue devastador. Me derrumbé ahí mismo y lo último que sentí fue el golpe en el cráneo al llegar al suelo.

4

Desperté, todavía con un intenso dolor de cabeza, me di cuenta que estaba en mi cama, vestido completamente. Lo primero que atiné a hacer fue mirar a un costado. El libro de Sábato no estaba en el suelo, sino que descansaba en la mesita de luz. Tenía marcada una página, lo abrí y leí lo que decía. Cuando llegué a estas líneas lo cerré:

“…los sueños no sólo darían rastros significativos del pasado sino visiones o símbolos del futuro. Visiones no siempre claras. Casi nunca unívocas o literales.”

Creí ver en estas palabras una revelación. Lo que había sucedido no era más que un sueño –me convencí de ello para tranquilizarme– y como tal era poco confiable. Sábato podía decir que los sueños eran visiones pasadas o futuras, pero ¿acaso no me habían enseñado que debía desconfiar de lo que está escrito en los libros? Ese Sábato del libro no era la persona real, era un recurso del autor para complicarle la vida a los lectores, darle una referencia concreta, llevarlos por el camino del engaño, hacerle creer al que lee que lo que está escrito es verdadero. No, no me dejé embaucar por esas palabras.

El dolor de cabeza era seguro producto del cansancio, el día anterior había trabajado muchas horas. Vencido por la fatiga me había quedado dormido con la ropa puesta, después de haber leído el Abaddón. El último gesto de vigilia había sido marcar la página en que había quedado.

Me levanté con esfuerzo y fui al baño para lavarme la cara y despabilarme un poco. Pasé a la cocina, me preparé una taza de café y decidí sentarme a terminar con la historia que había dejado incompleta sobre el escritorio. Abrí la puerta de la sala, allí había un hombre, sentado a mi escritorio, encorvado sobre el manojo de papeles. No me sentí sorprendido, al contrario, me acerqué con confianza y cuando estaba por tocarle el hombro para llamarle la atención vi que en la hoja en que escribía asomaba un título, el mismo título que yo le había dado a mi historia, la que había dejado incompleta el día anterior.

Una pesadilla en lo cotidiano

Román M. Scattini

Era un mediodía veraniego cualquiera. Yo revisaba mis correos electrónicos, convencido de que me hallaba solo en la casa cuando -de repente- percibí una extraña presencia. Un profundo perfume caro me invadió el olfato. Entonces, del escalofrío pasé a la incredulidad: una mujer idéntica a Mirtha Legrand había ingresado a mi cuarto. Se detuvo en la puerta con tranquilidad mientras, mediante señas, me pedía que la acompañe. Yo la seguí-casi helado- hasta llegar a mi comedor notoriamente modificado, con una mesa rectangular y seis sillas. Una mujer que entonces pasaba por la vereda se acercó hasta la reja de la ventana que da a la calle, para exclamar a viva voz: “Con nosotros, la señora Mirtha Legrand”. Me quedé estupefacto- La ostentosa mujer esbozó una amplia sonrisa para exclamar: “Este programa trae sueeerte” Y rió hipócritamente. Fue entonces cuando decidí entregarme al escenario creado, ya que fuese pesadilla o tortuoso delirio, no estaba en mí poder finalizarlo. Me encontré así sentado a la mesa, con un plato con lomo suavizado con salsa y caviar de dos colores. Mientras comí, retuve poco de la conversación, aunque percibo que fue intrascendente. A modo de ejemplo, puedo evocar el momento en que me preguntó sobre la literatura en Paraná. Yo estaba por responderle cuando me interrumpió para exclamar con un tono refinado: “Te cuento que en Miami se lee - chísimo”. A continuación agregó que ella solía viajar seguido, y que dicha ciudad sin grafitties ni basura en las calles debería ser un ejemplo para nosotros. Yo asentía por mera inercia, pensando en nuestra historia latinoamericana de invasiones y miseria. Al terminar de comer, me pidió que la acompañase hasta el living de mi casa, donde empezó a revisar la humilde biblioteca que poseo, haciendo incapié en numerosos datos intrascendentes sobre los autores, más que en las obras en sí. Sobre la mesita ratona había una botella con dos copas servidas. Al levantarlas, me pidió que brindemos, y luego me obsequió un reloj de ostentoso estuche. Así, me agradeció con un beso en cada mejilla la visita (¿de quién, me pregunto ahora?) y se retiró con paso majestuoso por la puerta del frente de mi casa.

4to encuentro

El futuro como elemento fantástico

Futuros o alternativas temporales (diacronías), centrándose habitualmente en el desarrollo científico o social.

Posibles inventos o descubrimientos científicos y técnicos.

Contacto con extraterrestres (inteligentes o no) y sus consecuencias.

Diferenciación del ser humano a partir de la comparación con robots, extraterrestres y otros seres superinteligentes.

Bajarlía- La civilización perdida

Vanasco- Paranoia

http://www.abanico.org.ar/2009/07/vanasco-paranoia.html

Trabajos:

5to encuentro

El elemento fantástico que asusta

Arlt- El cazador de orquideas

http://www.literatura.us/arlt/cazador.html

Shua- Botánica del caos

Mujica Lainez- La galera

http://elblogdemisalumnos.blogspot.com/2009/05/la-galera-de-mujica-lainez.html

Quiroga- El almohadón de plumas

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/quiroga/almohado.html

Trabajos:

6to encuentro

El humor como lo fantástico

Laiseca- Mi prima Histeriquita; Beber en rojo.

Fontova- Nuevo deporte

Wilcock- La lectora

Blaisten- La suerte de la fea la linda la desea

Trabajos:

Al cielo entra cualquiera

Francisco Vanrell

¡Así cualquiera!

¿Cualquiera, qué?

Y sí, boludo, así cualquiera se hace cristiano. Te pasás la vida de joda, sos un hijo de puta, vas a la iglesia en Navidad y Pascuas, con suerte, y después cuando estás a punto de cagarte muriendo, agarrás y te arrepentís de todo.

Bueno, no, tampoco es tan fácil. Hay que arrepentirse en serio.

¿Y quién mide el grado de arrepentimiento? ¿San Pedro tiene un arrepentimientómetro? Llegás al cielo y te dice: “a ver ponga la mano acá a ver cuánto se arrepiente el señor.” Y si no te arrepentís tanto, te mandan al infierno ahí nomás.

Sí. Bueno, no sé si tan como decís, como que tengan una escala, pero ¿qué es sino la moral?

Un invento.

¿Invento?, ¿y quién la inventó, Alva Edison?

No, boludo, la gente, los seres humanos. La moral es cosa de los humanos. Decime, ¿para qué va a querer Dios la moral si él es perfecto? No necesita, es amoral, es meta-moral, está más allá.

Obvio que no la necesita, es obvio, no sé cómo podés ser tan pelotuda.

Sí, claro, porque vos sos tan inteligente, tan inteligente sos que te creés todo lo que te dicen los curas. Los tipos esos son unos ladris, dejate de joder…

¡Ey! Acordate que mi tío es cura.

¿Y? Mi tío es juez y no por eso lo ando defendiendo. No son intocables, no son como Dios. Ya te dije, la moral es cosa de las personas. Y así como están las reglas, tenés a los que las rompen, que por supuesto son un montón.

Che, me voy.

¿Te enojaste? No seas boludo, no te vas a enojar por eso…

No no no, no me enojé… me tengo que ir, en serio.

Ramiro agarró el bolsito, pasó la tira por la cabeza y sacó el celular de un bolsillo del vaquero. “Puta, siete cuarenticinco ya”. Movió los labios pero no pronunció palabra. Apuró el paso, zigzagueando entre la gente que hormigueaba por la peatonal. Llegó a la esquina, el semáforo peatonal marcaba rojo. Miró otra vez la hora, y se dijo por dentro: –dale dale, metele, poné verde que no llego.

El hombrecito se iluminó. Esquivó a los que venían caminando en la dirección contraria, aunque chocó contra el bolso de una vieja y casi la hace caer también, pidió disculpas y siguió. Miró para atrás y la vieja lo señalaba con el dedo mientras alguien la ayudaba a levantar sus cosas. “Que se joda, que se joda”. No había tiempo para ser caballero. Tenía diez minutos para llegar, y le faltaban veinte cuadras todavía.

Por debajo de la axila y atrás, en la parte alta de la espalda, la camisa empezó a ponerse oscura. Se pasó una mano por la frente. Sacó el celular, se le resbaló. Tuvo suerte, alcanzó a evitar la caída. Igual, ya estaba bastante golpeado el aparatito.

“Que boludo no me fijé la hora, encima ésta que salta siempre con lo mismo, no sé para que le discuto si ahora le agarró la revolución, ahora no hay nada que le venga bien. Que la religión, que los políticos, que la moral, que la filosofía.”

Llegó a la esquina, le faltaban cinco cuadras todavía, encima cuesta arriba. Miró a la izquierda, venía una camioneta vomitando una humareda negra. “¿Cómo los dejan andar?, ¡qué hijos de puta! Seguro que si andan cortos de guita salen a la calle a ponerte multa por cualquier gilada. Así andan los zorros, así la ciudad.”

Se había amontonado un grupito de personas, algunos habían puesto un pie en la calle, pero cuando habían querido cruzar siempre pasaba algún auto, o algo. Ramiro hizo la punta, apenas vio a un remisero que venía medio frenando, como hacen cuando buscan pasajeros. Aprovechó, y la gente lo siguió. La vereda se hacía angosta ahí, cada tanto bajaba a la calle para adelantarse a los que caminaban más lento. Miró el aparato: siete y cincuentiocho. Le quedaban dos minutos, y cuatro cuadras. Llegaba, llegaba.

Ya estaba en la esquina, ahí, a media cuadra nomás. El semáforo daba rojo, podía cruzar. Se lanzó con rapidez al pavimento, se llevó la mano a la cara, restregó los ojos. Un paso, dos, tres y sintió un zumbido que venía de la derecha, giró la cabeza y vio que una camioneta, una F-100, grandota, negra, con los vidrios polarizados, se le venía encima. El vehículo había doblado con el semáforo en rojo, demasiado abierto. No lo pudo esquivar, o no quiso esquivar al muchacho que cruzaba. Un golpe seco, un grito, y Ramiro cayó dos metros más allá. La camioneta frenó junto a él, un segundo, y se fue a toda velocidad.

Una mujer, que atendía el quiosco de la esquina, escuchó el ruido, salió corriendo, vio a Ramiro y volvió adentro en seguida. Llamó una ambulancia, y a la policía. Mientras, un transeúnte intentaba reanimar al muchacho. Éste, no reaccionaba, había sufrido un fuerte golpe en la cabeza, al caer, y también empezaba a derramar sangre por un costado, a la altura de las costillas flotantes. El charquito rojo oscuro empezaba a seguir el declive de la calle. De a poco se había ido juntando un grupito de personas alrededor del cuerpo. Algunos habían cortado la calle. Otros se juntaron en la esquina y comentaban lo que habían escuchado. Algunos vecinos asomaban por atrás de las cortinas.

Welcome! –una anciana sostenía la puerta cancel del zaguán de la casa a mitad de cuadra–.

¿Eh?

You are right in time. Come in, come in, he’s waiting for you –dijo la mujer y le indicó con un ademán hacia el interior de la vivienda.

¿Qué? No le entiendo…

Right! Right!, emmm –la vieja titubeó un segundo– por favour, entra, él te está esperandou.

¿Qué?, ¿quién, qué? ¿Quién me espera?, ¿usted quién es? Me estará confundiendo con alguien.

Nou, nou, te estábamos esperando a ti. Ven, entra.

Ramiro estaba desconcertado, miró el número de la casa: 552. Era esa, era la dirección correcta. La vieja le sonreía desde el zaguán. Sacó el celular del bolsillo, miró la hora: ocho y dos minutos. Había llegado, estaba ahí a la hora correcta. Un poco asustado, sobre todo por la expresión de la mujer que lo miraba –podría decirse, con alegría en el rostro–, se metió en la casa. La puerta cancel daba a un cuartito cuadrado, pequeño, apenas si había espacio para circular nomás. En línea recta se abría una amplia escalera de mármol de carrara. A la derecha había una puerta entreabierta, por la que asomaba un poco una luz tenue. La baranda de la escalera demostraba que el camino iba hacia abajo.

Ramiro miraba en todas direcciones, pero no había nada escrito, ni una palabra. Nada.

La vieja, que se había quedado sosteniendo la cancel, cerró con llave y tomándolo del brazo le dijo: – Come, come, you… ehh, tú, por aquí. Le señaló una puerta a la izquierda. La puerta estaba cerrada.

El manojo que tenía en la mano tintineó mientras la mujer buscaba la llave que correspondía. La introdujo en la cerradura, dio dos vueltas y abrió un poco.

Pour aquí, este es tu camino…

Pero –el muchacho empezó a decir. La vieja lo interrumpió:

Vete, ya no puedes volver atrás. Entra aquí. Toma, debes presentar este papel cuando te lo pidan –la vieja le alcanzó una hoja, un formulario–, complétalo con tus datos.

Ramiro tomó el papel sin pensarlo, traspuso la puerta y ésta se cerró de un golpe.

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